A las afueras de Berna, en medio de la campiña suiza donde las colinas se confunden con el cielo, se alza un museo que recoge la sensibilidad de quien nació en esos mismos horizontes: Paul Klee.
Situado en una zona abierta al este de la capital suiza, el Zentrum Paul Klee conserva cerca del 40 % de la producción total del artista y se ha consolidado como una referencia internacional para el estudio del arte moderno. Su inconfundible silueta de tres colinas, diseñada por Renzo Piano, ya justifica la visita por sí sola, pero es la combinación de una colección excepcional y una intensa programación cultural la que convierte este centro en una parada imprescindible en Berna.
Paul Klee: vida, arte y emoción

Paul Klee nació en 1879 en Münchenbuchsee, a pocos kilómetros de Berna, en el seno de una familia de profundo arraigo cultural. Su temprano contacto con la música, fue violinista en su juventud, nunca abandonó su obra: los ritmos, las armonías y las estructuras musicales aparecen en sus pinturas como si fueran notas visuales. Estudió arte en Munich y transitó por los círculos de vanguardia de principios del siglo XX, convirtiéndose en figura clave de movimientos como Der Blaue Reiter o ejerciendo como profesor en la influyente Bauhaus.
Esta visión se traduce en obras que parecen escritos visuales: hay humor, misterio y una deliberada ambigüedad en sus colores y formas. Piezas que pueden evocar paisajes, música o incluso lenguajes propios, como en el lienzo Fish Magic (1925), un mundo submarino lleno de símbolos evocadores; o en cuadros más introspectivos como Death and Fire (1940), una de sus últimas obras, donde se manifiestan su enfermedad y su reflexión sobre la vida y la muerte.
Klee padeció esclerodermia en sus últimos años, una enfermedad que marcó tanto su cuerpo como su obra, llevándole a simplificar formas y a explorar un lenguaje más esencial. Murió en 1940 en Muralto, Suiza, dejando tras de sí un legado tan vasto como difícil de encasillar en una sola corriente artística.
Un museo nacido de la pasión y la visión

La historia del Zentrum Paul Klee se remonta a la década de 1990, cuando la familia de Klee empezó a donar una parte considerable de su archivo y obras a la ciudad de Berna. En 1997, Livia Klee-Meyer, nuera del artista, donó casi 700 piezas, y poco después otros miembros de la familia entregaron cientos más, aportando así una base sólida para una colección monográfica que hoy reúne alrededor de 4.000 obras, aproximadamente el 40 % de toda la producción del artista.
El proyecto arquitectónico fue encargado al italiano Renzo Piano, uno de los grandes maestros contemporáneos del diseño cultural, cuyo trabajo busca siempre responder al carácter del lugar y al significado de las colecciones que alberga. Entre 1999 y 2005, Piano y su equipo trabajaron en un edificio que no compitiera con las obras, sino que dialogara con el terreno y con la obra de Klee, convirtiéndose en una auténtica escultura-paisaje.



Zentrum Paul Klee - Fotos: Christian Rojo
La construcción se alza como tres suaves colinas onduladas que parecen emerger del suelo como olas petrificadas, integrando arquitectura y topografía. Su posición es deliberada: está cerca del cementerio de Schosshalde, donde Klee está enterrado, lo que añade una dimensión casi contemplativa al conjunto y refuerza el vínculo entre el artista, su obra y el entorno.
Un recorrido que fusiona arte, memoria y cultura

Entrar al Zentrum Paul Klee es sentir la continuidad entre el paisaje exterior y el mundo interior que Klee exploró con tanto fervor. La visita suele comenzar con la colección permanente, donde la fragilidad de los dibujos y acuarelas exige respetar la luz y la atmósfera, pero permite, al mismo tiempo, adentrarse en la obra como si fueran páginas de un diario visual.
La portavoz del museo explica cómo se articula el recorrido dedicado al artista, señalando que el espacio principal ofrece una visión amplia y contextualizada de la obra de Paul Klee, complementada por una sala más íntima, la focus room. “Es un lugar pensado para detenerse y profundizar”, explica, donde la selección de piezas se organiza en torno a un tema concreto que se renueva periódicamente y permite explorar distintas facetas del universo creativo de Klee.
La exposición permanente del Zentrum Paul Klee ofrece un recorrido cuidadosamente contextualizado por las principales etapas creativas del artista, desde sus primeros dibujos y acuarelas hasta las obras de madurez y los trabajos realizados en los últimos años de su vida.





Zentrum Paul Klee - Foto: Christian Rojo
A través de una selección rotativa de piezas, el visitante puede descubrir obras emblemáticas como Fischzauber (1925), donde Klee despliega su imaginario simbólico y su interés por lo onírico, o Ad Parnassum (1932), una de sus composiciones más complejas y conocidas, en la que el color y la estructura adquieren una dimensión casi musical. También están presentes obras tardías como Tod und Feuer (1940), marcadas por un lenguaje más esencial y por la reflexión sobre la fragilidad y el paso del tiempo. Conjunto tras conjunto, la muestra permite entender cómo Klee utilizó el dibujo, la escritura y el color como herramientas para pensar el mundo, más que para representarlo de forma literal.
Un museo que también se come

El Zentrum Paul Klee no termina cuando se cruzan sus puertas de vidrio y acero: el entorno que lo rodea forma parte integral de su identidad y de la experiencia de la visita. El museo se ubica en un terreno cultivable de unas 9 hectáreas conocido como Fruchtland, una palabra alemana que puede traducirse como “tierra fértil” o “tierra de frutos”, y que da nombre también a la dirección del centro. Este espacio no es un parque estético, sino un paisaje vivo en el que confluyen agricultura, biodiversidad y cultura.
Fruchtland incluye campos arables, un huerto comunitario y pequeños biotopos que ofrecen a los visitantes áreas para caminar, descubrir rincones naturales o simplemente detenerse. Más allá de ser solo un espacio verde, el museo presta atención a la biodiversidad y a prácticas de agricultura sostenible: junto a los cultivos se encuentran zonas dedicadas a flores silvestres, setos, espacios de descanso como hamacas y claros desde donde se puede contemplar el paisaje de Berna y las montañas del Oberland.
Desde 2017, Fruchtland ha promovido proyectos que conectan al museo con su comunidad y con experiencias cotidianas: además del huerto comunitario, la diversidad ecológica del terreno ha atraído de nuevo a especies como la abeja oscura, y se presta atención a prácticas de agricultura saludable y sostenible.
Y junto al museo, casi como una prolongación natural de la visita, se encuentra el Restaurant Schöngrün, instalado en un edificio protegido. El propio restaurante se presenta como “probablemente el más verde de la ciudad”, con una propuesta gastronómica que apuesta por una cocina moderna y de temporada y pone en primer plano los ingredientes locales.
Más información en la web oficial de Suiza: https://www.myswitzerland.com/es-es/destinos/berna/

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