Morir pintando. Un desenlace tan dramático que parece salido de un mal guion de Hollywood. A mediados de octubre de 1906 una tormenta atrapa a Paul Cézanne mientras trabaja en el campo cerca de Aix-en-Provence, su ciudad natal, y a la que ha vuelto cumpliendo su amenaza: "El mundo no me entiende y yo no entiendo al mundo, por eso me he retirado de él".
Cualquier persona sensata habría cogido sus bártulos con las primeras gotas y a casa, hasta que escampe, al menos. Pero Cézanne no, porque "aquí, a la orilla del río, podría estar ocupado durante meses sin cambiar de lugar, simplemente inclinándome un poco más a la derecha o a la izquierda".
A buen seguro que pensó que esa tormenta podría ser replicada en el lienzo, que los reflejos del agua en la naturaleza eran un motivo que no podía dejar escapar. Tras dos horas de lluvia dijo "hasta aquí", y puso rumbo a casa, pero se desmayó por el camino.
Fue recogido por unos vecinos y llevado a casa, hasta que recuperó la conciencia. Preguntó si había salido el sol para volver a pintar, pero se sintió débil y desistió. Aquellas pinceladas bajo la lluvia fueron, a la postre, las últimas del considerado padre del arte moderno, el "único maestro" que tuvo Picasso, en sus propias palabras.
Cézanne, el genio que no se cortó una oreja

Al contrario de otros grandes pintores de su generación (y hubo muchos y muy buenos), hubo que esperar hasta 2017 para que alguien decidiera rodar una película de gran presupuesto sobre Cézanne. Y de lo que se ocupa, principalmente, es de su tempestuosa relación con Zola, el escritor, es decir, del "salseo" que dicen ahora.
Este dato es muy revelador sobre el carácter y la obra del pintor provenzal: es difícil "meterle mano" de tan arisco, esquivo y antisocial que fue. Ni siquiera su muerte ha llamado la atención de los guionistas más efectistas. No es fácil "vender" su historia. No lo es ahora, ni lo fue en vida.
Pero si viajamos atrás en el tiempo y hacemos un cuestionario por el Montmartre de 1910, cuando París estaba alumbrando varios de los estilos que cambiarían para siempre la historia de la pintura contemporánea, casi todos los pintores responderían "Cézanne".
Por eso dicen de él que fue un pintor de pintores, alumbrando su revolución pictórica de espaldas a la crítica y al público, y no por altivez o suficiencia, sino por resignación: lo intentó, intentó ser tan estupendo y triunfador como sus amigos impresionistas, fantaseó con "asombrar a París con una manzana". Y aquí, en la capital del arte de su tiempo empieza nuestro viaje por la Francia de Cézanne.
El París de Cézanne

"Cuando naces allí (en Aix-en-Provence), no hay esperanza, nada es suficientemente bueno". Es evidente que Cézanne no fue con gusto a París, sino porque era la única manera de intentar progresar con su arte, una vez que había abandonado la carrera de leyes.
Y progresó mucho al lado de varios de los miembros del futuro movimiento impresionista, especialmente junto a Camille Pisarro, al que consideró su maestro.
Durante su estancia en la Academia Suiza, no dejó de pasarse casi a diario por el Louvre, "el libro en el que aprendemos a leer". De esta época de aprendizaje es uno de sus cuadros de la Rue des Saules en el que su estilo aún no presenta sus rasgos más característicos, imbuido todavía en los albores del impresionismo.
Tras ser rechazado en la Escuela de Bellas Artes (primera decepción) Cézanne sigue erre que erre hasta que termina por exponer en la primera y célebre exposición impresionista en el estudio del fotógrafo Nadar en 1874. Segundo fracaso.
Cézanne es consciente de que su dominio de la técnica impresionista no está a la altura de sus colegas lo que supuso una crítica negativa (y hasta burla) de sus obras. Pese a que volvió a exponer con ellos tres años más tarde, su obra siguió siendo desdeñada, incluso entre los aficionados al arte menos académico. La suerte estaba echada para Cézanne.
Cézanne en L'Estaque

Era momento de desaparecer y concentrarse en su propia pintura, una vez que asumió que no debía tratar de pintar a la moda ni a la manera de otros colegas, aunque los admirase. Y esa es la primera lección que nos ofrece la historia de Cézanne: sigue tu camino, una lección evidente vista con perspectiva, pero más que desafiante cuando la vives desde dentro.
Porque "seguir tu camino" supone, a menudo, olvidarse del éxito y las palmaditas en la espalda, incluso de tener un plato de comida todos los días sobre la mesa. "Seguir tu camino" es una de las decisiones más rotundas y arriesgadas que una persona puede tomar en la vida.
Pero Cézanne fue devuelto a su camino tras 20 años de decepciones y batacazos. Más que una "decisión" fue una conclusión: "hasta aquí hemos llegado, a partir de ahora voy a hacer lo que me salga de las narices. Total, a nadie le importa".
Así que Cézanne dejó la capital y puso rumbo a casa, haciendo primero parada en L'Estaque, un pequeño pueblo cercano a Marsella también frecuentado por Zola y que más tarde se pondría de moda entre pintores como Braque o Derain.
Junto al mar, y en plena naturaleza, Cézanne comenzó a dar forma su revolución, dejando a un lado el ímpetu por captar el instante, para empezar a profundizar (literalmente) en los objetos y los motivos pintados, interesándose por sus volúmenes y geometría, tratando de plasmar la estructura interior de sus motivos, no solo el exterior... y no solo desde un punto de vista.

Cézanne pinta la revolución en Aix-en-Provence

El impresionismo se había agotado y "solo" conducía ya a la abstracción, como percibió Monet al final de su carrera, pero la pintura podía dar mucho más de sí, pero mucho, como demostró Cézanne a toda una generación de pintores que llegaron tras él: fue el final de la pintura como imitación de la realidad, para abrir camino a la pintura como reinterpretación intelectual y emocional de la realidad: la gran revolución de la vanguardia pictórica. Y Cézanne dio la primera pincelada a esa revolución.
Los últimos 20 años de su carrera, desahogado ya económicamente por una herencia (detalle "práctico" importante, sin duda) el pintor pudo centrarse en sus propias obsesiones como artista, abandonando cualquier atisbo de imitación.
Fue entonces, ya de vuelta en Aix-en-Provence, cuando Cézanne termina por concebir su pintura de volúmenes, ordenando estructuralmente todo lo que veía en formas simples y planos de color.
Y es que ya no necesitaba imitar la realidad, porque ya se había hecho, porque estaba la fotografía que imitaba mucho mejor y porque su capacidad técnica no le permitía "impresionar" la realidad como otros de sus colegas. Pero la pulsión de innovar y encontrar su propia voz suplió sus (supuestas) deficiencias técnicas.

Segunda lección del "caso Cézanne": no tienes por qué ser el mejor en todo lo que haces dentro de tu profesión, sino aportar tu voz, tu personalidad a lo que haces, apostar por ella porque, a la postre, es lo que realmente te diferencia. Siempre y cuando, claro, que el "éxito" no sea tu prioridad... Si lo es, entonces copia a Monet... o sé Picasso. Tampoco es fácil tener éxito, desde luego.
Porque la pintura de Cézanne no es "fácil", no es bonita como la de los impresionistas, ni es provocadora estéticamente como la de Picasso, porque, entre otras cosas, Cézanne no iba "sobrado" (de talento natural) ni se tenía en tan alta autoestima como el español. Así que, todavía hoy, su pintura sigue despertando recelo, porque, más allá de los manuales, sigue sin empastar con la cultura popular: Cézanne es la antítesis de lo pop... en todos los sentidos.
De cualquier forma, fue en Aix-en-Provence cuando llegaron sus obras más célebres, empezando por sus "simples" bodegones que emocionaron a Virginia Woolf y en los que se encuentran ya las bases del cubismo: "Todo en la naturaleza se modela según la esfera, el cono, el cilindro. Hay que aprender a pintar sobre la base de estas figuras simples; después se podrá hacer todo lo que se quiera".
También llegaron sus obras protagonizadas por la figura humana como los más que célebres Jugadores de cartas o Las grandes bañistas, una de sus últimas pinturas.
Y sus paisajes, como su famosa serie de la montaña de Santa Victoria, que retrató innumerables veces desde todos los ángulos e iluminaciones posibles. Así, posiblemente, tratando de angular un motivo, le pilló aquella tormenta que acabó con su vida donde más la disfrutó: en la naturaleza, junto a su casa, pintando.
2025, año Cézanne

Una exposición que tiene lugar en el Museo Granet de Aix-en-Provence será el eje del año Cézanne que no celebra ninguna efeméride concreta (que sepamos), pero para qué: hablamos de 90 cuadros del pintor que son un reclamo más que suficiente para celebrar los 40 años que estuvo Cézanne viviendo en la ciudad en diferentes periodos de su vida.
Junto a esta exposición, el Atelier des Lauves, ubicado al norte de la ciudad, vuelve a abrir sus puertas, "totalmente renovado para la ocasión, ofreciendo una mirada a la vida privada" de un artista que nunca toleró muy bien la mirada a su vida privada. Y la Bastide du Jas de Bouffan, donde vivió y pintó el genio esquivo que, también, hubo de morir para triunfar, pero sin automutilarse.
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